Es día de huelga, y el Paseo de Recoletos empieza a recoger gente como un cántaro bajo la lluvia se afana por adueñarse de las gotas del cielo.
Estoy sola. Nadie camina conmigo, ni siquiera mi música, ese ser diáfano que me acompaña casi siempre y le da sentido a cada paso que doy.
No obstante, esta es distinta a otras ocasiones. Adoro caminar por Madrid. Me reconforta, me siento protegida por el abrazo de mi gran urbe.
Pero este día hay una frialdad en el ambiente que se cuela por mis rendijas y empieza a agarrotarme el corazón. Este ambiente mudo, inquietante, como un eco de mi propio interior, también callado.
El cielo comienza a oscurecer, pero sigue gris, como un fundido en negro que empieza a devorarlo todo, a devorarme a mi. Mi inquietud es creciente, así que saco una libreta y comienzo a escribir atropelladamente, notas sin sentido, emociones, aquello que me susurra la ciudad.
A medida que avanzo, más y más gente se une a mi camino, pero yo sigo sintiéndome sola, más sola si cabe. El griterío aumenta, se escuchan unos tambores lejanos como el eco sordo del latir de un corazón helado.
¿Qué te pasa, Raquel? ¿Qué hay dentro de ti, que te hace enmudecer?
Comprendo que Madrid está muda porque refleja mi propio silencio. Comprendo que camino sola en medio de una marea de vidas, y sin embargo las veo distorsionadas a través de un grueso muro de cristal traslúcido. Esta soledad tal vez sea momentánea. Pero nada es casualidad, lo sé.
Aquel fue un pequeño momento que tuve conmigo misma, a solas, mi ser y mi ego enfrentados en una sala de paredes y suelos negros. Y el silencio. Y lo que ví me asustó bastante.
De ahí mi inquietud, de ahí la sensación intimidatoria que me transmitía el Palacio de Correos, la fuente de La Cibeles y de Neptuno, el hotel Palace, el Museo del Prado; otras veces estructuras que edificaban mi propia euforia alto, hacia el cielo.
Llego a la conclusión de que estoy corriendo, aunque desde el exterior, un ojo ajeno vería simplemente a una chica bajita, con el pelo corto y revuelto, andando con decisión y el ceño fruncido, gesto grave. Mi alma corre, corre en desbandada dentro de mí, huyendo de algo ¿de qué? o en pos de algo ¿hacia dónde?
Han cambiado tantas cosas en mi vida, en tan poco tiempo.
A veces, sólo a veces, añoro mi vida cómo era hace tan sólo tres o cuatro meses. Añoro mi rutina, a la gente que me acompañaba, mi ignorancia y mi monotonía, mis pequeños sueños, mis preocupaciones.
Aunque sé que el ciclo se cerró, y la página está ya pasada. No volvería atrás. No estoy anclada en ese antes. Porque el ahora se me presenta como un caballo salvaje, blanco e indómito, al que tengo que acercarme con cuidado y cariño, acariciar sus crines y montarlo suavemente. Tengo que aprender a cabalgar mi realidad, poco a poco, y del paso poder llegar a galopar sin miedo.
Pero tiempo al tiempo.
Aquel día en Madrid, el caballo blanco de la realidad me había dado un relincho de advertencia: "No te olvides de quién eres, Raquel. De dónde vienes".
A dónde voy es otra historia.
De momento, dando palos de ciegos, me dejo llevar. Por nuevas personas, nuevas luces y nuevas presencias. También por nuevas ausencias. Por un sentir nuevo, por un amar nuevo. Me dejo llevar por la distancia y la cercanía de lo espiritual.
Me dejo abrazar por el querer superarme a mí misma y poder con aquello que aparentemente me supera.
Estoy sola, como aquel día en Recoletos camino hacia Atocha. Pero esa soledad me permite enfrentarme a mi vida con todo lo que ello conlleva, plantarme erguida, con la cabeza alta y la mirada fija en el camino.
En cierto modo, cuando no te das cuenta de que estás corriendo, pero lo estás, es porque quieres llegar cuanto antes a dónde sea que se dirija tu carrera.
Love,
REICHEL

Soledad... Soledad, que rarita eres a veces. Conmigo vives y a otros visitas, pero siempre me encantarán esas galletas tan ricas que haces.
ResponderEliminarCamino por senderos, camino por carreteras, camino por aceras, me muevo pero estoy en el mismo sitio.
Miro los caminos, miro las mariposas, miro las nubes y miro la perspectiva, no me muevo pero no estoy en el mismo sitio.
A veces nos negamos y a veces nos afirmamos, somos raros, somos humanos y somos personas que caminan; unas buscan, otras encuentran, otras viven, otras persiguen, otras cuentan y otras, bueno, otras están. Todo y nada es válido.
Sin embargo, a veces nos perdemos. Sin saber cómo estamos donde no estábamos y nos sentimos asolados, en un limbo. La soledad no nos abraza pero tampoco está lejos. Caminamos sin cesar, corremos al desesperar, todo en un círculo que nunca acabará. Luego nos encontramos, corremos de libertad. Cambiamos y poco más.
Cambio. El cambio es lento, es misterioso, es maligno y es maravilloso. El cambio es lo único que conozco inevitable. Todo cambia, a mejor o a peor es irrelevante, el cambio es. No necesita ser nada más. Pero las ruedas se paran, se hacen espirales, luego caminos, luego universos y luego te regalan una sonrisa.
Seguimos corriendo por los valles que no conocemos con una foto del hogar colgada al pecho para que no se nos olvide. No sabemos qué buscamos, qué encontraremos o qué carajo estamos haciendo. No nos importa. Lo hacemos. Sin cesar...
Quiero pensar que algún día algo sea capaz de entrar en mí, que algún día llegue a sentir lo que es un hogar... que algún día llegue a amar... A veces pienso que jamás sentiré eso, sentiré mis propias emociones que siguen sin nombre y que un hogar no le está permitido a un nómada y el querer tan sólo le ata y le impide caminar.
Pero tampoco me importa en demasía.
Pues me muevo.
Me muevo sin cesar.
Gracias, Infante :)
ResponderEliminarNo pienso tomar esas gracias hasta que no sean en persona. ¡Jum!
Eliminar