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Cada día me parezco más a esa persona que en algún momento llegaré a ser. Mientras tanto, disfruto de mi tránsito indefinido.

lunes, 9 de mayo de 2011

La grandeza de lo pequeño.

Se nos ha enseñado a admirar lo grande, pero no a descubrir la belleza de lo pequeño o la sabiduría que se esconde en lo simple y ordinario.
(Claudio Naranjo.)


Estar tumbada en la cama, dejando que el sol acaricie tu cara.
Revolverte, perezosa y estirar los brazos, imaginándote que así tocas el cielo. 
Que ese sol de las ocho de la tarde aún no haya perdido la fuerza del día. 

Que, a pesar de que sabes que vives en el caos de lo aparente, hallas en lo sencillo una felicidad chisporroteante y loca, como una bengala en la oscuridad de la noche estival. 

Reírte sola mientras andas por la calle porque te acabas de acordar de eso que te dijo esa persona especial.
Descubrir una foto de la que ya no te acordabas, y darte cuenta de lo que has cambiado (y no sólo físicamente).
Mirar al cielo y ver una nube en forma de caballo blanco en pleno galpe, con crines largas y un largo camino hacia el infinito por recorrer.
Llegar a casa y encontrarte en tu cuarto una nota de tu madre, padre, hermano... que firma "Te quiero"

Podría seguir, seguir y seguir.

Ir a la playa y hundir los pies en la arena, y sentir que a cada ola que viene, te hundes un poquito más.
Escuchar una canción que te encanta, y ponerte a bailar como una loca en tu cuarto.
Hacer el pino y reírte, porque la gente camina al revés.
Ver cómo un perro corre dando vueltas tratando de morderse el rabo.
Alzar la vista al cielo, y encontrarte una bandada de aves formando una V perfecta.
Sentirte de acuerdo con alguien con quien nunca lo estás.
Una caricia suya, y de nadie más. Y su mirada, y su risa, y sus tonterías...

Darte cuenta de que somos personas, más allá de etiquetas, ideologías, tipos de humor, belleza o fealdad.
Y darte cuenta de que lo que a tí te da una pequeña porción de eso tan difícil de encontrar que es la felicidad, se lo da también a otras muchas personas.

Y que, a fin de cuentas, como dijo Claudio Naranjo, es la sencillez y simplicidad de las cosas lo que nos hace realizarnos, lo que nos hace ser felices. 

Hoy, me apetecía reivindicar lo enorme de la pequeñez. Porque, dime una cosa...¿A que estás sintiendo algo cálido por dentro?
Eso, esa calidez, tal vez esa sonrisa, es una porción pequeñita de felicidad.
Disfrútala, no volverás a vivir un momento como este.
Jamás será de nuevo día nueve de mayo del dos mil once, a las once menos venite de la noche. 
Por eso,
¡Se feliz!

Love, 

Reichel





martes, 3 de mayo de 2011

Bajo los adoquines, está el mar.

Mayo.
Ya es mayo.
Y qué lejos queda de aquel otro mayo, aquel mayo de revueltas, de rebeldía e inquietud inconformista.
Hoy, ya nadie hace nada. ¡Nada! Ni yo misma, no nos engañemos.
Del 68 al 11. Casi medio siglo y, ¿Para qué?, me pregunto yo. ¿De qué sirvió?
¿Había mar, bajo los adoquines?
No.
¿Sabéis que había?
Más adoquines. Kilómetros y kilómetros de vida cubiertos de adoquines grises.
Y entonces, al verlo, se apocaron, decidieron quedarse sentados sobre ellos, esperando que viniera alguien que, si eso, los apartase, a ver qué había debajo. Si es que había algo debajo.
Y nosotros, nuestra generación, ni siquiera hemos tratado de quitar esos adoquines.¿Para qué? Se está muy bien sentado en el suelo. Quizás si buscas encuentres un colchón mullido donde sentirte mejor. Más aún: un colchón tan grande que todos nos podamos sentir más agusto que tirados en el suelo.
Pero claro, eso supondría tener que levantarse y liarse a tirar adoquines por los aires, arrojárselos a quienes nos quieren mantener sentados, lanzárselos a todas aquellas ataduras absurdas de importancia incalculable.
Mejor dejemos que las tire otro.
Mientras tanto, dejémonos violar por toda esta basura que nos rodea, ametrallar por lo políticamente correcto, embaucar por lo aparentemente cierto.
Rodear, a fin de cuentas, por toda esta falsedad corrosiva, ácido demagógico y estupidez enmascarada en anuncios de publicidad.
Sí, hoy es mayo.
Como lo fue el mayo pasado.
Y el anterior.
Y como será el del año próximo.
Anodino, adormecedor. Como el opio, como el sueño eterno provocado por la muerte dulce del dióxido de esta sociedad.
¡Ya es primavera!
Lo dice el Corte Inglés.
Así que venga, ve a comprarte un bikini bonito y a meterte los dedos hasta la campanilla para quitarte esos (aunque no lo creas, maravillosos) kilos que te ves de más en las cartucheras, para lucirte desnuda en alma ante la sociedad.
¡Corre! No pierdas tiempo, que ya es primavera.
  ¿Lo ves?, lo dice una chica rubia escultural

...

Quiero terminar diciendo que hoy, alguien muy cercano a mi me ha confesado sentirse como una marioneta, manejada por todo este circo de payasos. Y, sintiéndome enormemente cómplice con ella, he recordado la figura infantil de Pinocho.
Seremos marionetas, pero sabemos andar.
Seremos marionetas, pero, si nos esforzamos, podemos romper los hilos.
Seremos Pinochos, todos, cuando nos demos cuenta de que, un día, un hada madrina nos dotó de vida, y un pequeño grillo nos susurra a cada minuto que tiene que haber algo más.

PDT: La letra de esta cación de Los de Marras, versionando a Ismael Serrano, lo dice todo. Todo.



Papá cuéntame otra vez ese cuento tan bonito 
de gendarmes y fascistas, y estudiantes con flequillo, 
y dulce guerrilla urbana en pantalones de campana, 
y canciones de los Rolling, y niñas en minifalda. 


Papá cuéntame otra vez todo lo que os divertisteis 

estropeando la vejez a oxidados dictadores, 
y cómo cantaste Al Vent y ocupasteis la Sorbona 
en aquel mayo francés en los días de vino y rosas. 



Papá cuéntame otra vez esa historia tan bonita 

de aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia, 
y cuyo fusil ya nadie se atrevió a tomar de nuevo, 
y como desde aquel día todo parece más feo. 



Papá cuéntame otra vez que tras tanta barricada 

y tras tanto puño en alto y tanta sangre derramada, 
al final de la partida no pudisteis hacer nada, 
y bajo los adoquines no había arena de playa. 



Fue muy dura la derrota: todo lo que se soñaba 

se pudrió en los rincones, se cubrió de telarañas, 
y ya nadie canta Al Vent, ya no hay locos ya no hay parias, 
pero tiene que llover aún sigue sucia la plaza. 



Queda lejos aquel mayo, queda lejos Saint Denis, 

que lejos queda Jean Paul Sartre, muy lejos aquel París, 
sin embargo a veces pienso que al final todo dio igual: 
las ostias siguen cayendo sobre quien habla de más. 



Y siguen los mismos muertos podridos de crueldad. 

Ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam. 
Ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam. 
Ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam.