Estiras los brazos, y algo te duele en la espalda. Agujetas. Haces una mueca de dolor. ¿Y estas agujetas de qué son?
Y entonces, como una ráfaga de imágenes, pensamientos, sensaciones, recuerdos lívidos como una película se abalanzan sobre tí. Mordiendo. Quemando.
No ha sido una buena idea despertar.
Aún notas la presión de los cientos de cuerpos que, junto a ti, se agolpaban en torno a las notas de sus guitarras, al compás de su violín y al sonido de aquella voz.
Recuerdas esa sensación de ingravidez, de estar mecida por la marea de gente, vibrando a cada acorde, a cada golpe de batería. Recuerdas como retumbaba el bajo, y recuerdas la flauta llenando con su dulzura la dureza bellísima de aquella música.
Y es entonces cuando le recuerdas a él.
Y cómo, por unas horas, fue como si nada nunca hubiera sucedido.
Recuerdas la suavidad de su cuello, (tan lejana parecía ya de ti) mientras lo rozabas tontamente con tus dedos.
Sientes aún la leve presión de sus manos alrededor te tu cintura.
Ves la imagen de vuestras dos manos alzadas entrelazándose en el aire...
No, no ha sido una buena idea despertar. Ahora tendrás que darte cuenta de que todo ha sido un maldito sueño.
Sí, un sueño.
Un sueño que ha ocurrido en el mundo real, en una fecha real, a una hora concreta. Pero un sueño, al fin y al cabo.
Y lo peor queda por llegar.
Sigues así, tumbada en la cama. Sigues sintiendo el pinchazo de las agujetas en algún lugar de tu espalda. Pero ahora suena en tu cabeza una canción. Una maldita canción...
"Pinto amaneceres sin saber cuál es el color que ahora tiene tu piel. Canto despedidas en papel, recuerdos de tu querer..."
Mierda.
En el sueño, cuando las notas del piano presagiaron esa canción, llevaste tu mano inconscientemente a la suya. Le sentiste detrás. El corazón se conjeló dentro de tí. Cerraste los ojos. Una lágrima se escapó, aunque sabías que no debías llorar... pero lo hiciste. Cantabas la letra, que ahora te parecía tan sangrantemente real.
"Necesito tu olor, necesito tu calor."Sentías esos versos, desgarrándote por dentro. Ahora caía otra lágrima, y alguien te pone la mano en el hombro. Azorada, te sacudes las lágrimas, pero no importa. Ahora ya caen a raudales.
Con el estibillo ("Duele tanto vivir, duele siempre sin ti. Necesito tu olor, necesito tu calor. Quiero perfumar mi alma con gotas de tí, y archivar mi dolor en el doble fondo que hay en mi colchón...") no soportas más. Te das la vuelta, y le miras a los ojos. Te ves tú misma reflejada en sus lágrimas. Esa canción es vuestra, sólo vuestra. Le recitas la letra. Te recita la letra. Porque de pronto, ya no estáis en aquella sala abarrotada, sino lejos, muy lejos.
Sientes su dolor, tan vibrante y real como el tuyo.
Con un último "Te quiero siempre, mi amor", el violín firma la sentencia de muerte de la maldita canción. Y las últimas notas se desvanecen en el aire.
Y, alrededor de la ovación del público, selláis la canción con un tímido beso, bañado en lágrimas.
Luego, el sueño siguió su curso. Las canciones se sucedieron, y seguisteis entrelazando vuestras manos en el aire.
Pero hay que despertar.
Te levantas de la cama, subes las persianas. Bostezas, pero el bostezo se te traba por el nudo que tienes en la garganta.
Con los ojos entrecerrados por la luz, ves entonces la camiseta que te compraste ayer.
Y te das cuenta, de que hay sueños que fueron realidad.
Love,
Reichel.
PDT: "Y en la vida, en conclusión
todos sueñan lo que son
aunque ninguno lo entiende"
Pedro Calderón de la Barca
PDT 2:


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