Cuentan que, en una ocasión, una mujer caminaba sedienta por el desierto.
Como suele ocurrir en el desierto, había tenido varios espejismos. Espejismos de ver lagos inmensos que casi rozaban el horizonte. Tuvo espejismos tan reales que en ocasiones sentía estar bajo el peso de una gigantesca cascada de aguas frescas y cristalinas. Y ella creía que era feliz teniendo sed, pero contentándose con la imagen ficticia de un agua inexistente.
Lo malo era que aquellos espejismos terminaban desvaneciéndose...como si nunca hubiesen existido. Y la mujer sentía pena por ver que nada era real. Pero inmediatamente después, aparecía otro espejismo que la hacía olvidarse de cualquier mal recuerdo.
Y así pasó días, meses, años. Los espejismos se iban sucediendo, uno tras otro, dejando posos amargos,y siendo rellenados por nuevas sensaciones ilusorias de frescor...
Hasta que llegó un día en el que la mujer se cansó. Se cansó de vivir algo que no era real.
Y justo fue en ese momento, en el que parecía que el desierto era más árido que nunca, cuando, un día de Agosto, vió un oasis.
<<Bah>> se dijo <<Otro espejismo. Estoy empezando a estar un poco hasta los cojones de tanto espejismo y tanta mierda. Este será como otro cualquiera. Iré acercándome más y más y cuando esté a punto de llegar, se desvanecerá, como todo lo anterior.>>
De modo que puso rumbo al oasis, sin convicción, con reparos.
Lo que se diría, de forma escéptica.
Pero, curiosamente, cuando llegó al oasis, éste no desapareció. ¡Era real! Las palmeras crecían apuntando con sus verdes hojas hacia el cielo, y el agua... el agua era más limpia y cristalina que en sus ensoñaciones, más pura, más fresca... Se arrodilló junto a la laguna y bebió, ávidamente. Como si fuera lo único que le quedara en la vida. Bebió, bebió... y se encontró tan agusto que decidió quedarse en aquel oasis.
Y así, la luna salió 365 veces, mientras ella seguía siendo feliz en aquel oasis.
Pero un día, por alguna razón, decidió marcharse de allí.
Y notó como el oasis se estremecía de tristeza con su marcha. Había estado tan solo... él también había estado abandonado en el desierto, sin ninguna compañía, sin nadie que bebiera en sus aguas... y la marcha de aquella mujer le dejó destrozado. Tanto, que mustió sus palmeras y casi casi seca su lago
Pero la mujer debía marcharse. Quedarse en el oasis hubiera sido deshonesto por su parte, ya que ella necesitaba seguir recorriendo el mundo, seguir caminando y ver a dónde le llevaba la vida. Aquel oasis se le había quedado pequeño.
Sucedió que, pocos días después de su marcha, se dio cuenta de que algo no marchaba bien.
<<¿Por qué me estoy sintiendo como una mierda?>> Se decía la mujer. <<¿Por qué cojones no me olvido ya del puto oasis? Lo que pasó, pasó. Debería sentirme genial , dar saltos de alegría por haber seguido mi camino, por haber tomado la decisión que yo quise. ¿Por qué no se me quita la imagen de sus palmeras, de su laguna, de su sombre...?>>
Decidió no caminar muy rápido, por si en algún momento decidía darse la vuelta y echar a correr de vuelta al oasis.
Y volvió a tener sed.
Y volvió a ver espejismos.
Pero ya no podía contentarse con ellos. Eran...tan irreales.
Se acordaba del frescor del agua real. De la sombra de las altas palmeras. Del olor a almizcle del atardecer en el oasis... y lloraba. Lloraba amargamente lágrimas de recuerdos, mientras en su cabeza tan sólo se repetían las palabras "Qué he hecho"
De modo que, como el hijo pródigo, decidió volver.
Y cuando, de pronto, llegó al oasis, lo que vió le quitó las ganas de correr.
En el suelo, en lugar de una enorme laguna, tan sólo había una nota escrita en una hoja marchita de palmera.
"Necesito pensar... Si estás leyendo esto es porque has vuelto... y me alegra tanto que lo hayas hecho... porque yo también te echo de menos. Pero secaste mi lago, marchitaste mi vegetación. Y me dejaste casi como parte del desierto. Me he ido para enontrarme a mí mismo. Tal vez vuelva, pero tal vez no. En tu mano queda decidir qué vas a hacer. Te quiere, tu oasis."
La mujer arrugó la hoja de palmera y la apretó contra su pecho. Ahora, el sentimiento de culpa era más y más grande. Y sus lágrimas cayeron, secándose casi de inmediato en el ardiente suelo del desierto. Y ella cayó de rodillas, sin fuerzas ya para nada.
Mientras lloraba, mientras dejaba salir toda aquella tristeza en forma (paradójicamente) de agua, tomó una decisión: Se quemaría los pies el tiempo que fuera necesario. Pero permanecería allí, en el mismo lugar donde había dejado a su oasis, a la espera de que un día volviera.
Esperando.
Oh, y la espera es dura. Ya lo creo que lo es. Pero esperar es luchar por lo que uno quiere. Esperar, lectores, es no perder la esperanza. Y si la pierdes, que sea con un motivo.
Si pierdes la esperanza, que sea porque el oasis te ha susurrado en medio de un sueño en la noche "No voy a volver. Estoy mejor sin tí. Sigue tu camino, pues yo seguiré el mío"
Entonces, y sólo entonces, la mujer que espera en el desierto perderá la esperanza.
Lo sé de buena tinta... hacedme caso.
Gracias a Alba, a Borja, a Pitu, a Marbán, a Silvia y a todos los que os habéis animado a entrar en mi extraño mundo.
Por cierto, por si os lo estabais preguntando... sí, la historia me la he inventado yo. Aunque es menos inventada de lo que creéis.
Love,Reichel.



Todos tenemos un objetivo en nuestra vida.
ResponderEliminarEsperamos largos años para conseguirlo. En el largo camino de la esperanza nos da cuenta de lo que queremos lealmente y de lo que somos capaces de hacer para conseguirlo.