About me...

Mi foto
Cada día me parezco más a esa persona que en algún momento llegaré a ser. Mientras tanto, disfruto de mi tránsito indefinido.

viernes, 14 de junio de 2013

Despedidas, o no.


http://www.youtube.com/watch?v=cNe3WF0LlSQ

Venía antes en el metro con una sonrisa un tanto idiota, y la gente me miraba como extrañada. Como si el metro fuera un lugar donde estuviera prohibido sonreír. 
Era una sonrisa extraña, de esas que te salen automáticamente cuando por dentro de ti hay un remolino de emociones sucediéndose, y tu mente trabaja a la velocidad de una secretaria de los años 50, taquigrafiándolo todo hasta el detalle más nimio. 

Por un lado me sentía vacía. Como diciendo "Y ahora, ¿qué?". Pero no era un vacío de esos que dan miedo, era un momento de pausa, como ese "dolce far niente" que caracteriza nuestra respiración entre haber soltado todo el aire y dejar entrar una nueva bocanada. Por otro, me embargaba una emoción punzante, pero familiar, como si me hubiera estado preparando tiempo para este momento, el momento de la despedida. Y claro, me he puesto a filosofar a varios metros por debajo de la tierra, entre gente sudorosa y de mirada perdida.

Despedida no significa pérdida. Pérdida es algo mucho más permanente, y por tanto más duro. 
No, una despedida es una encrucijada en el camino. Ese camino que es la Vida y que atravesamos acompañados de múltiples existencias que se entrelazan y complementan con la nuestra. Vamos viajando y nunca lo hacemos solos. Y como todo lo existente, la Vida no es un camino recto, ni una autopista por la que todos vamos hacia el mismo sitio. (Aunque haya gente que quiera que creamos eso). 
Hay infinidad de rumbos, infinidad de direcciones y cruces, curvas, llanos, inclinaciones. 

De hecho, el camino no está marcado más que por tus pasos, y si acaso, indicaciones externas que te dan pistas de dónde estás y dónde puedes llegar. 

Pero, así son las cosas, nunca andamos solos. Nuestras energías se encuentran y se fusionan en este caos cósmico y universal en el que vivimos. Cómo, dónde y cuándo, no lo sabemos. Lo sabe únicamente el Momento Presente. Que es sabio y mezquino a la vez. 

En una encrucijada en el camino, el caminante, que es a la vez buscador (en tanto que va buscando por dónde avanzar ya que no hay caminos marcados) se encuentra incómodo. Es natural. Una encrucijada conlleva una decisión. Y las decisiones son, para qué engañarnos, una putada.
Y entonces sucede, eliges tu dirección. Y aquellos que habían acompañado tus pasos forjándose a la vez una estela de huellas, eligen otra. 

Y ahí, en medio de esa encrucijada, se produce un silencio incómodo, ya que todos sabemos que el siguiente paso nos distanciará. 

Pero entonces, cuando miras todo aquello que te queda por delante, te das cuenta de que lo que realmente es una despedida es riqueza. 
Plantado ahí, de pie en un cruce de caminos, o en un aula mirando de frente a todos los que han sido tus acompañantes, los ves como si fuera la primera vez. En ese momento, dentro de ti se forma un espacio cóncavo en el que se vierte todo aquello que esas personas te han aportado. Todo se recolecta, todo se valora, todo viene de nuevo a ti. 

Es como un flashback tarantiniano, todo tiene sentido desde esa perspectiva incómoda del adiós. 

Y te das cuenta de que lo que te une con esas personas que tal vez sigan en tu vida o tal vez no; es la pasión.
La pasión de compartir aquello que condicionará nuestra vida. El amor a aquello que hacemos, que es lo mismo. 
Ese vértigo adorable y odioso que se apodera de nosotros segundos antes de salir a escena. El calor de los focos cegándote, convirtiendo al público en una entidad única, convirtiendo al público en el Público. Esas largas esperas delante de una cámara, que se ven recompensadas cuando escuchas "Corten, toma buena". La impotencia con el trabajo personal fallido, que de pronto se convierte en inmensa satisfacción con tan sólo una palabra de ánimo uno de esos compañeros que están contigo en la encrucijada. El amor-odio que se comparte (ya que, como dijo mi flor venezolana, el Odio no es el opuesto del Amor; lo es la indiferencia)...

Está claro que cualquier grupo de personas que se unen y comparten experiencias se echan de menos cuando se separan. Recuerdo cuando era más pequeña, aquellos momentos previos a volver a Madrid después del campamento de verano; o cuando se acaba un viaje a un continente lejano en el que has conocido gente y vivido experiencias... Son recuerdos de despedidas, tan vívidas y naturales como el propio ser humano. 

Porque al fin y al cabo, en eso consiste todo ¿no? Somos personas. Bueno, somos Personas. Y como tales debemos amar y odiar, luchar y perder, ganar, ignorar y saber. Decirse hola, y decirse adiós. Es inherente a nosotros. Forma parte de nuestra naturaleza, esa cosa que nos hace ser quienes somos.

Y aún así, mira, qué quieres que te diga.

Voy a echar mucho de menos a mis compañeros y profes de TAI. Que iba por vosotros, leáis esto o no. 

Si mi camino se separa del vuestro, sabed que siempre os llevaré conmigo, aunque sólo sea en forma de aprendizaje en esta mochila que tiene consigo todo buscador.

Y si seguimos caminando juntos, al menos sabed que esto me ha servido para reflexionar sobre las despedidas.

Que nunca viene mal sonreír en el metro como una gilipollas y que la gente te tenga envidia por un momento al verte feliz. 

Love,

Reichel.


















jueves, 6 de diciembre de 2012

Esto con el teletransporte no pasaría.

¿Sabes este tipo de cosas que rehuyes, que reniegas de aceptar, que expulsas de tus pensamientos cada vez que se asoman por tu cabeza? Sí, estas cosas que no molan, que te hacen sentirte rara y querer tener un botón de "mute" en tu monólogo interno.  

Pues hoy voy a hablar de una de esas cosas. 
Me ha costado.
Me está costando, de hecho. Es como si tuviera tantas ganas de hablar de ello y quitármelo de encima, como si quisiera con tanto ahínco compartir cómo me siento (que al fin y al cabo, es el objetivo primero de este blog), que me diera pánico. Allá va, de todas formas.

Distancia.
(*ZAS*)







.
.
.







Hay varios tipos de distancia. 
Unos más llevaderos que otros. Unos más graves que otros. Distintos.
Dos personas (hablaré de dos, porque los sentimientos colectivos son, en mi opinión mucho más difíciles de dibujar que algo que fluye en forma de retroalimentación entre dos seres humanos) pueden sentirse lejos estando a dos centímetros de distancia. 
Puede sentirlo una, puede sentirlo la otra o pueden sentirlo las dos. Cuando la energía que se genera entre dos almas, mentes y cuerpos no fluye como debería, el espacio físico y real, carece de importancia. Son dos seres humanos próximos en centímetros pero lejanos en emociones. Son dos máscaras de ojos vácuos (como, de hecho, lo son todas las máscaras).
En ese sentido, la cercanía física es mentira. Ilusoria. 
La distancia se ha coronado en esas situaciones como reina de corazones en una baraja trucada. Y no hay más remedio que detener la partida y cambiar de juego. 

Pero esta no es la distancia de la que me interesa hablar hoy. 

No, la distancia a la que me refiero tiene mucho más de distancia en su sentido estricto, es más palpable, es... bueno, es muy puta. 
Es esa distancia en la que lo que hay entre medias de dos personas no son vacíos emotivos, sino   
K I L Ó M E T R O S 

Carreteras, caminos, montañas, ciudades, pueblos, tal vez mares, tal vez océanos, tal vez continentes. Qué pequeño parece el ser humano, solo, en mitad de una cifra. 555. 2560. 45098. Los que sean. 



Es frustrante. Es desesperante. Pero es lo que hay. 
Cuando hay algo que te vincula a alguien que está lejos, todo cambia, todo adquiere otro sentido y otra lógica. O lo pierde, directamente.
Surge la necesidad (para no derrumbarte) de planificar tu pensamiento de alguna manera. Agarrarte a algo para no perder la cordura. Y es entonces cuando, un día tranquilamente, te das cuenta de que vives rescatando momentos del pasado común que has compartido, o bien proyectando un futuro hipotético en el que de nuevo compartes. Todo para obviar, rechazar, desviar tu atención de la desesperante realidad de la distancia que empaña el ahora. 
Y te quedas sentada, guitarra en mano, mirando fijamente una mota de polvo en tu alfombra, abrumada por ese descubrimiento agrio. Y una especie de rabia incontenible comienza a trepar por tu estómago, por tu pecho, por tu garganta, clavando uñas y dientes, tiñendo tu cuerpo a su paso de ese sabor amargo y fuerte. 

¿Qué vas a hacer?


¿Eh?


¿Acaso puedes remediarlo?


Nah, no puedes. Es ella, Vida, quien ha querido que sea así ¿Por qué? No puedes saberlo. Ni tampoco sirve de nada que lo intentes. Las cosas pasan porque tienen que pasar, cuando tienen que pasar... y evidentemente, donde tienen que pasar. Y si ese dónde implica una idea de separación, tienes que vivir con ello. 

¿Se puede?
Por supuesto que sí.
Porque resulta, que no solo existe el plano de lo físico.

En un plano físico, los momentos de cercanía serán escasos. Pero no por ello ha de haber una separación total. Al contrario. Es esa necesidad de encontrarse, de no perder los vínculos, de unión; la que impulsará que ciertas cosas que en otras circunstancias no se desarrollen, lo hagan. Cosas que no podrían explicarse mediante unos caracteres formados por ceros y unos en una pantalla de ordenador.
En realidad, cosas que no podrían explicarse. Punto. 



Es raro, distinto, es mágico.
Mágico.
Es disfrutar de otras cosas, en otros niveles, con otras intensidades. Es sentir desbocadamente, pero sobre un soporte emocional, mental, espiritual... no físico.

Es otra forma de experimentar que estamos vivos.






Y precisamente porque estamos vivos; tenemos que reír, hablar, amar, llorar, pensar, aprender, enseñar, soñar, enfadarse, planificar, rectificar, crecer, avanzar, excitarse, emocionarse, desear, recordar, imaginar.  



Love,
REICHEL




martes, 20 de noviembre de 2012

Cuando no te das cuenta de que estás corriendo, pero lo estás.

Avanzo por la calle en medio de una extraña quietud. 
Es día de huelga, y el Paseo de Recoletos empieza a recoger gente como un cántaro bajo la lluvia se afana por adueñarse de las gotas del cielo. 
Estoy sola. Nadie camina conmigo, ni siquiera mi música, ese ser diáfano que me acompaña casi siempre y le da sentido a cada paso que doy.
No obstante, esta es distinta a otras ocasiones. Adoro caminar por Madrid. Me reconforta, me siento protegida por el abrazo de mi gran urbe.
Pero este día hay una frialdad en el ambiente que se cuela por mis rendijas y empieza a agarrotarme el corazón. Este ambiente mudo, inquietante, como un eco de mi propio interior, también callado. 


El cielo comienza a oscurecer, pero sigue gris, como un fundido en negro que empieza a devorarlo todo, a devorarme a mi. Mi inquietud es creciente, así que saco una libreta y comienzo a escribir atropelladamente, notas sin sentido, emociones, aquello que me susurra la ciudad.

A medida que avanzo, más y más gente se une a mi camino, pero yo sigo sintiéndome sola, más sola si cabe. El griterío aumenta, se escuchan unos tambores lejanos como el eco sordo del latir de un corazón helado. 

¿Qué te pasa, Raquel? ¿Qué hay dentro de ti, que te hace enmudecer?
Comprendo que Madrid está muda porque refleja mi propio silencio. Comprendo que camino sola en medio de una marea de vidas, y sin embargo las veo distorsionadas a través de un grueso muro de cristal traslúcido. Esta soledad tal vez sea momentánea. Pero nada es casualidad, lo sé. 
Aquel fue un pequeño momento que tuve conmigo misma, a solas, mi ser y mi ego enfrentados en una sala de paredes y suelos negros. Y el silencio. Y lo que ví me asustó bastante.
De ahí mi inquietud, de ahí la sensación intimidatoria que me transmitía el Palacio de Correos, la fuente de La Cibeles y de Neptuno, el hotel Palace, el Museo del Prado; otras veces estructuras que edificaban mi propia euforia alto, hacia el cielo. 

Llego a la conclusión de que estoy corriendo, aunque desde el exterior, un ojo ajeno vería simplemente a una chica bajita, con el pelo corto y revuelto, andando con decisión y el ceño fruncido, gesto grave. Mi alma corre, corre en desbandada dentro de mí, huyendo de algo ¿de qué? o en pos de algo ¿hacia dónde?


Han cambiado tantas cosas en mi vida, en tan poco tiempo. 
A veces, sólo a veces, añoro mi vida cómo era hace tan sólo tres o cuatro meses. Añoro mi rutina, a la gente que me acompañaba, mi ignorancia y mi monotonía, mis pequeños sueños, mis preocupaciones.
Aunque sé que el ciclo se cerró, y la página está ya pasada. No volvería atrás. No estoy anclada en ese antes. Porque el ahora se me presenta como un caballo salvaje, blanco e indómito, al que tengo que acercarme con cuidado y cariño, acariciar sus crines y montarlo suavemente. Tengo que aprender a cabalgar mi realidad, poco a poco, y del paso poder llegar a galopar sin miedo. 
Pero tiempo al tiempo.
Aquel día en Madrid, el caballo blanco de la realidad me había dado un relincho de advertencia: "No te olvides de quién eres, Raquel. De dónde vienes".


A dónde voy es otra historia. 
De momento, dando palos de ciegos, me dejo llevar. Por nuevas personas, nuevas luces y nuevas presencias. También por nuevas ausencias. Por un sentir nuevo, por un amar nuevo. Me dejo llevar por la distancia y la cercanía de lo espiritual. 
Me dejo abrazar por el querer superarme a mí misma y poder con aquello que aparentemente me supera. 
Estoy sola, como aquel día en Recoletos camino hacia Atocha. Pero esa soledad me permite enfrentarme a mi vida con todo lo que ello conlleva, plantarme erguida, con la cabeza alta y la mirada fija en el camino. 

En cierto modo, cuando no te das cuenta de que estás corriendo, pero lo estás, es porque quieres llegar cuanto antes a dónde sea que se dirija tu carrera.

Love, 
REICHEL






 

Renovación.

Era necesario darle una vuelta de tuerca a este rincón.
Han cambiado demasiadas cosas en mi vida, y esta no iba a quedarse atrás.
La ruleta sigue girando, y yo sigo buscando y buscándome.

Love, 
REICHEL

miércoles, 7 de marzo de 2012

Paparruchas: Veneno.

Paparrucha #3:
El aire escuece de amargura al respirar
entre esas cuatro paredes.
Ávidos ojos sedientos de carroña que arrancar
a jirones con miradas leves.
Es veneno.
Zumbidos sordos de palabras ciegas al vibrar
sin temor a ocultarlo,
y en la eterna lucha del lograrlo
Qué más da. ¿Por qué empezar?
Si las alas antes ya de despegar te están cortando.
Es veneno.
Veneno en la lengua y corazón,
veneno (porque sí, sin ninguna explicación)
veneno en nuestros días
veneno rancio, amargo, ácido, mustio, odioso y a traición.
(a traición es por la espalda y sin dilación)
veneno,  que envenena las paredes
de la eterna habitación.

Me consuela, al igual que me aterra, pensar que esto se acabará en menos de dos meses. (Tan sólo dos meses de odiosa presión).
Menos de dos meses, y todas nuestras vidas se habrán bifurcado, y con suerte (en muchos casos), las cosas deleznables que hoy nos ahogan pasarán a ser un estúpido recuerdo.
Nadie me importa más que aquellos a quien aprecio. ¿Para qué engañar? Pocos aprecios quedan en esta manzana envenenada.
Love,
Reichel.

viernes, 3 de febrero de 2012

Paparruchas: La máquina del tiempo.

Paparrucha #2:
Si pudiera, a veces volvería al pasado.
No lo hago porque era una niña y me perdono.

Perdono cada palabra vacua.
cada ilusión mermada y esperanza muerta.
Perdono haber sido una pequeña ingenua,
(todos lo fuimos).
Pero a veces no puedo evitar pensar
que mil cosas pudieron haber funcionado
(y no lo hicieron).

No me importa.
Doy gracias a la Vida por mi vida,
de la que pocas cosas deseo cambiar.
Doy gracias a la Vida por mi Yo,
un Yo que yo he creado
a base de madurar. 
(Caer y volverme a levantar).

Y aunque en rimas suaves no sé
si realmente cabe el por qué...
Sé, de hecho, que, a veces
desearía viajar en el tiempo,
aunque fuera sólo para verme pequeña,
(más aún)
niñata, risueña...

Y desde la distancia rememorar
aquellos tremendos errores,
sublimes temores, pequeños dolores
que hicieron a mi vida ser especial.

Love,
Reichel.

domingo, 22 de enero de 2012

Paparruchas: Hoy por los vivos muertos.

 Paparrucha #1:
Insulsas vidas vacías, vácuas, yermas
carentes de todo y faltas de algo
Erráis sin saber a dónde
sin capitán ya vuestra nave
escora y vuelca en un océano de miseria.

Personas que lo sois aunque no lo parezca
¿A qué echar a perder la juventud?
Cerradas en vuestro mundo milimétrico
tal vez lleguéis, mayores ya,
a las puertas del averno
y al echar la vista atrás esa angustia os devore

¿Qué fue de vuestro mundo?
¿Vuestros amigos falsos, como vosotros?
Se fueron como las estrellas
al químico contacto con los rayos de su rey.

Y ahora, sin más porvenir
que un día insípido y el siguiente también
os dais cuenta, por desgracia
de que la vida pasó por vosotros, sigilosa
en vez de haber pasado vosotros por la vida
como la manada de percherones por las praderas níveas.


Esto es lo que hago cuando hay algo dentro de mi que necesito sacar.
Lo escribo, vomitando mi corazón en ello.
 Love,
Reichel.